domingo, 3 de octubre de 2021

La abuela tejedora de Uri Orlev, Ilustraciones: Tania Janco

 «Un día llegó a una pequeña ciudad una abuela muy anciana. Sólo llevaba un bastón y un par de agujas de tejer.

Recorrió la ciudad y no encontró casa, entonces se sentó en el campo sobre una piedra fría y tejió unas hermosas pantuflas para reposar sus pies cansados.

Pero la abuela no quiso poner sus pantuflas sobre la tierra. Así que tejió un tapete.

Luego se preguntó dónde lo podría extender.

A su alrededor sólo había espinas y rastrojos.

Y de nuevo se puso a laborar. Suenan, suenan las agujas. Dos segundos más tarde tenía el piso y de ese problema se olvidó.»


Así comienza La abuela tejedora de Uri Orlev, obra que he conocido gracias a una donación del Sr. Inoa de la Editora Nacional del Ministerio de Cultura de la República Dominicana.

Como ya la he leído, la voy a regalar a un niño que la quiera disfrutar.





«Suenan, suenan las agujas. La abuela supo qué quería. Se tejió un nieto y una nieta. Con hilo fino les agregó unas muecas de tristeza, otras de risa, y mucha picardía.»

Uri Orlev

Tania Janco




sábado, 12 de diciembre de 2020

Cuentos de niños

Pulgarcito pertenece al linaje de Ulises y el Lazarillo. El arrogante Juan sin Miedo aprende que sentir temor no es una bajeza

ANTONIO MUÑOZ MOLINA

10 DEC 2020 - 18:30 EST



'Lazarillo de Tormes' o 'El Garrotillo', de Francisco de Goya (1819).

'Lazarillo de Tormes' o 'El Garrotillo', de Francisco de Goya (1819).EL PAÍS

El cuento que más miedo me ha hecho pasar en mi vida era tan austero en sus elementos narrativos que casi no era un cuento, sino más bien una letanía, una de esas cantinelas infantiles en las que se preserva la unidad arcaica que debió de haber entre las historias y la música, igual que la hubo entre la poesía y el canto. Era un relato o más bien un diálogo a tres voces, una madre, una hija, una presencia innominada y amenazadora que se iba acercando. Decía la niña: “Ay mama mía mía mía, ¿quién será?”, y la madre contestaba: “Cállate hija mía mía mía, que ya se irá”. Pero entonces aparecía la tercera voz, y el narrador o la narradora volvía más grave la suya: “Que ya estoy entrando por la puerta…”. El cuento consistía, musicalmente, en la repetición de las dos primeras voces y en la variación gradualmente aterradora de la tercera, que cada vez anunciaba una mayor cercanía hacia la madre y la hija amenazadas. La niña preguntaba una y otra vez quién sería aquella presencia, y la madre repetía palabra por palabra la misma respuesta cada vez menos tranquilizadora, porque después de cada “cállate hija mía mía mía, que ya se irá”, aquella criatura hecha de oscuridad y amenaza indicaba el lugar cada vez más próximo en el que ya se encontraba. Un refinamiento improvisado del narrador era adaptar los pasos de esa aproximación a la topografía de la vivienda donde la historia se contara: el portal, la escalera, el rellano, por fin la misma puerta que el niño estaba viendo, abierta sin defensa contra el enemigo, o bien cerrada y sin embargo fácilmente vulnerable, o entornada, dejando paso a una penumbra doméstica que las palabras llenaban de misterio y hasta de terror. El cuento no sucedía en un castillo, en un país fabuloso, sino allí mismo, en nuestra propia casa, en los espacios más familiares, el portal, la escalera por la que subíamos y bajábamos a diario, los pasillos que llevaban a los dormitorios, en los que más de una vez, si tardábamos en llegar al conmutador de la luz, ya empezábamos a sentir la sospecha del miedo.

Es ahora, al cabo de tantos años, cuando caigo en la cuenta de la eficacia de aquella despojada economía narrativa. No había introducción, no había nombres, no se describía nada. Eran las tres voces sucediéndose, manejadas por el mismo narrador, con una parte de reiteración y otra de novedad, y con un margen para la improvisación dentro de la forma invariable que también es muy propio de las artes orales. El “Ay mama mía mía mía” y el equivalente “Cállate hija mía mía mía” marcaban un ritmo obsesivo y monótono, como un impulso de fatalidad hacia lo inevitable. El narrador, niño o adulto, podía multiplicar según su albedrío los pasos intermedios, retardando o acelerando el ataque final, que no se llegaba a saber en qué consistía, igual que no se sabía nada sobre esa presencia, esa criatura invasora, más temible aún por ese motivo. La palabra ya es en sí misma un medio de máxima sobriedad: que tenga tanta fuerza de sugestión sin el adorno de los detalles, ni de las imágenes, ni de más efectos especiales que sus propios dones de sonido y sentido es uno de tantos prodigios usuales en los que casi nunca se repara.

En aquellos tiempos muy anteriores a la psicopedagogía, los adultos disfrutaban sin remordimiento asustando a los niños con cuentos espeluznantes. Éramos niños antiguos que ni siquiera habíamos visto la televisión, y que, aunque íbamos mucho al cine, habíamos nacido mucho antes de que llegaran las películas de vísceras y asesinos con motosierras. En los cuentos que nos contaban los mayores había lobos feroces, gigantes caníbales y brujas que engordaban a los niños en jaulas antes de cocinarlos y comérselos. Pero también había niños valientes e ingeniosos que acababan prevaleciendo sobre los enemigos más temibles, y casi siempre esos héroes inesperados eran el hijo pequeño, la hija abandonada, el personaje astuto y mañoso que en todas las mitologías vence al gigantón ensoberbecido por su fuerza bruta. Pulgarcito pertenece al linaje de Ulises y al del Lazarillo. El bravucón y el temerario acaban recibiendo su merecido a manos de ese esmirriado al que despreciaron. El arrogante Juan Sin Miedo aprende que sentir temor no es una bajeza, sino una estrategia de supervivencia, y también puede ser una actitud de razonable humildad. A los niños nos daban mucho miedo aquellas historias que nos contaban los adultos, y como teníamos más agudeza de la que ellos pensaban, nos irritaba que se divirtieran a nuestra costa. Pero éramos nosotros mismos quienes las pedíamos, y quienes exigíamos que se repitieran exactamente cada vez: saber de antemano el desenlace no anulaba el misterio, sino que lo enriquecía, tal vez con la intuición de lo inevitable, con la incorregible esperanza humana de que por una vez pueda ser evitado.

Los niños empiezan a disfrutar de verdad de los cuentos hacia la misma edad en la que empiezan a recordar sueños y a despertarse por las noches con pesadillas terroríficas. En los cuentos orales y en las nanas está la evidencia de que la narración y la música son hechos culturales arraigados en un instinto humano que es universal. Las personas que fabricaron flautas con fémures de buitre hace 50.000 años sin la menor duda contarían también historias y dormirían con cantos a los niños. Lo que empezó en las culturas humanas más antiguas empieza también en cada vida infantil. Lo que llamamos literatura coincide demasiado exactamente con los registros escritos y, por tanto, no se remonta mucho más allá de unos 3.000 años, desde que la epopeya de Gilgamesh se copió en tablillas de barro. Pero antes de la invención de la escritura, y después de ella y al margen, existieron y en parte siguen existiendo todavía universos formidables de historias, igual que han existido músicas de las que no sabemos nada, porque no hubo sistemas de notación que las recogieran y desaparecieron antes de que se inventara la grabación del sonido.

A algunos de nosotros el entusiasmo por la literatura se nos tiñe de desaliento cuando la vemos convertida en un espectáculo más bien sórdido de pedantería, de mezquindad, de arrogancia de presuntos expertos, de impostura consentida, de tráfico de influencias. Un antídoto de esa tristeza es recordar su origen como proveedora de historias asombrosas, de lecciones tan profundas que ya se transmitían hace muchos milenios y siguen vivas ahora en los cuentos que les contamos a los niños.

domingo, 7 de abril de 2019

El viento vuela cosas

(Ilustración Leo Arias)

Y lo mismo pasó con un señor con peluca, que por desconfiar del viento quedó pelado de nuevo. Y con una alegre pareja, que por hacerse los vivos se quedaron sin paraguas. Y lo mismo les ocurrió a muchos árboles, que desconfiados dijeron:
—Bueno, el viento es fuerte pero no tanto, no tanto como los árboles, que somos muy fuertes.
Y el viento dijo: —¿Así que son fuertes? Y ¡zas! Todos esos árboles se quedaron sin hojas.
Los animales, en general, son más inteligentes y en cuanto el viento empieza a correr, ellos corren también, pero a esconderse.
Los pájaros también provocan al viento, pero son unos vivos, lo hacen a propósito.
—Para mí que este viento no es tan rápido—suelen decir los pájaros—. Para mí que este viento es más bien lento…
Y el viento enojado sopla con todo y entonces los pájaros aprovechan el empujón para planear tranquilos, que cansa menos que volar.


Pero el viento tiene también un enemigo invencible, alguien a quien siempre quiere vencer pero nunca puede. ¿Saben quién es? La montaña.
Hace mucho, mucho tiempo, la montaña dijo un día:
—El viento ni cosquillas me hace, más bien debilucho lo encuentro.
El viento se enojó y sopló como nunca, pero era cierto que la montaña era fuerte. Ni se movió. Entonces el viento pensó: "¿Tiene la montaña un sombrero para tirar, tiene un pelo para despeinar, tiene hojas para arrancar?", y vio que la montaña tenía, en la parte más alta, en la cima, un capuchón de nieve. ¡Y sí! Se veía como un sombrerito blanco, o por qué no, como un pelo para despeinar.
Desde entonces, en ningún lugar sopla más fuerte el viento que en la cima de las montañas. Sopla con fuerza para hacer salir volando ese sombrerito blanco. Pero por ahora, gana la montaña.

“El viento vuela las cosas” (Uranito) de Martín Blasco, con ilustraciones de Leo Arias

Fuente: https://www.infobae.com/america/cultura-america/2018/04/18/cuentoslij-el-viento-vuela-las-cosas-de-martin-blasco/

https://www.escritores.org/biografias/21945-blasco-martin

miércoles, 27 de marzo de 2019

Fábula Don Gato y Don Ratón por Juan Bosch

Foto de Intenet

Don gato estaba una vez paseándose sobre una pared, y al mirar hacia abajo observó que una cosa se movía dentro de una barrica. Esta contenía un poco de ron y cuando Don Gato se acercó se relamió de gusto al ver que quien estaba ahogándose en el licor era nada menos que su tormentoso enemigo, el joven Ratón.

—Compadre Gato -clamó el infeliz —me estoy asfixiando aquí. Haga un favor, siquiera sea una vez.

—Yo lo siento, compadre Ratón -contestó sin piedad alguna Don Gato.

—Oiga —insistió el moribundo- le prometo engordar cuando salga de aquí y volver donde usted, para que me coma.

Al oír tan agradable proposición, Don Gato se detuvo, se llevó la patita a la barbilla, como quien piensa, y contestó:

—Yo no creo en la palabra suya, amigo Ratón; pero si usted me promete engordar y volver, trataré de ayudarle. Al joven e impertinente Don Ratón le brillaron los ojitos, porque a decir verdad no se sentía muy bien en el ron, que le estaba quemando las peladuras, que se había hecho tratando de conseguir queso.

—Le juro a usted, compadre Gato, que cumplo mi promesa —afirmó.

Entonces Don Gato buscó una tablita, la colocó de modo que tocara el fondo y el borde de la barrica, y por ella salió el entripado Don Ratón. Cuando estuvo afuera volvió la cara y se ausentó lo más deprisa posible, por si acaso.

Pasaron los días, las semanas, y hasta medio año. Un día Don Gato se paseaba tranquilamente por el patio de su casa y vio unos ojitos brillar en el fondo de una cueva.

—¡Hola, compadre Don Ratón!

—¿Qué tal, amigo Don Gato?- respondió aquel cínicamente

—¡Cómo!-¿Ya usted no se acuerda de lo prometido?

—¿Prometido? -preguntó Don Ratón.

Entonces Don Gato, con las mejores palabras de su léxico, explicó el caso tal como sucediera.

—¡Ah sí! -dijo Don Ratón. Lo recuerdo muy bien.

—¿Y no va usted a cumplir ahora su promesa? —preguntó el gato, relamiéndose al pensar en su próximo banquete.

—¿Yo cumplirla? ¿Qué era lo que había en la barrica, compadre Gato?

—Ron, si no me equivoco —respondió éste.

El joven Don Ratón se echó a reír estrepitosamente y cuando hubo terminado explicó:

—Si era ron, es indudable que yo estaba borracho, y usted estará de acuerdo conmigo, compadre Gato, que nadie le hace caso a las palabras de un borracho.

Y el compadre Gato no supo qué contestar.


FIN