sábado, 30 de noviembre de 2024

El árbol de los deseos de William Faulkner

 



William Faulkner

Desde que supe que el Premio Nobel de Literatura 1949-50, famoso por sus obras El ruido y la furia (1929), Mientras agonizo (1930), Santuario (1931), Luz de agosto (1932) o ¡Absalón, Absalón! (1936), entre muchas, tenía un relato dirigido a la infancia, me puse a buscarlo.

En internet no lo encontré, pero sí en una edición de ALFAGUARA INFANTIL de febrero de 2009, impresa en México. Lo he leído varias veces y me llama poderosamente la atención la libertad (o desenfado) con que fluye el conteo de los hechos; la extraordinaria fantasía y la mezcla de elementos.

Entiendo que esta historia se creó para una niña de ocho años en el 1927, (hace 97 años) con la siguiente enigmática dedicatoria: 

«Para Victoria

…He visto música,

he oído campanas solemnes sin viento;

mi aire encierra verdades

de esplendor primaveral y cantos de aves.

 

Ah, deja que se desvanezca:

debe y tiene que ser así; no sufras

sueña siempre tú;

Ella, eternamente joven y hermosa». 

Una y otra vez regreso a estas líneas para visualizar la música y atrapar el canto de los pájaros en una profecía eterna. Al final, Victoria se convirtió en hijastra de William Faulkner y no dejo de sentir que «Ella, eternamente joven y hermosa» es una alegoría de su juventud.

El árbol de los deseos tiene los siguientes personajes: Dulcie, la niña que cumple años, su hermanito Dicky, encarnación de la inocencia y la inquietud; Alice, una doncella de raza negra y su aparecido esposo de extraño nombre: Éxodo. También están un viejecito llamado Egbert, su enojada esposa; el pequeño vecino George y el mágico Maurice. 

La acción transcurre el día del cumpleaños de Dulcie e inicia con estas palabras: 

«Estaba aún dormida, pero sentía que se alzaba del sueño exactamente como un globo: como si fuera un pez de colores en una pecera de sueño, alzándose más y más a través de las tibias aguas del adormecimiento hasta la superficie. Y entonces se despertaría.» 

Y así, en duermevela, ella escucha una voz que la hace abrir los ojos. Es Maurice. Un pelirrojo que sin ser duende no deja de serlo. «El resplandor de sus cabellos iluminaba el cuarto». ¿Te imaginas a Mérida de Brave? ¿O Ariel de La Sirenita? No. Maurice es feúcho, de rostro enjuto, metido en un traje de terciopelo negro y calzado con medias y zapatos rojos; tiene dos características espectaculares: sus ojos lanzaban como chispas doradas y llevaba un macuto mágico.

Cuando Dulcie se levanta de la cama, tuvo la segunda sorpresa: ¡estaba ya vestida!

No se sabe por qué, George, Alicia y Dicky los están llamando al pie de la ventana, ya que diariamente eran las primeras personas que veía la niña al despertar… y ¡tercera sorpresa! Maurice infla una escalera de juguete hasta convertirla en verdadera y bajan los dos para reunirse con el grupo. ¡En fin! Maurice convierte las cosas pequeñas en grandes y reales! Su macuto mágico no es todopoderoso, pero funciona para darles medios de transporte.

Faulkner crea la atmósfera con niebla y aromas de glicinas (aquí pensamos en Marcel Proust) para un portal que pasa a los personajes de la realidad al camino de la aventura a través de lo sensorial.

Muy definida la actitud protectora de la sirvienta Alicia. Se opondrá siempre que piense que la madre de los niños no aprobará algún hecho y se expresará con franqueza despiadada aun cuando retorne su marido fugitivo.

Recordamos que Faulkner se nutrió de fuentes orales. No terminó los estudios y disfrutaba escuchar cuanto relato hubiese en boca de cualquiera que supiera narrar en ranchos, calles y veredas. Dicen que idealizó a su bisabuelo, valiente militar sureño y a pesar de que no eran adinerados en la etapa de crecimiento de William, sí que le transmitieron el linaje de los terratenientes que el escritor transmutó en sentido de la justicia para los afroamericanos, humanizando a los blancos y descubriendo las debilidades de todas las razas, porque el ser humano es esencialmente lo mismo bajo la piel y responde a sus circunstancias.

Y es justamente esa mezcla de factores que permite a Faulkner convertirse en el innovador de la novela norteamericana para mostrar al mundo lo auténtico de su mundo.

En este relato dirigido a la infancia podríamos decir que hay un panorama del ser humano (si fundiéramos a todos los personajes en uno) desde la infancia a la senilidad. Utilizando el diálogo, la sorpresa y la imaginación el grupo viaja en ponis de la raza Shetland, y en carreta, con la meta de llegar al «Árbol de los deseos» incluyendo la invención de palabras como melomax y guilipus.

Aun encontrando al melomax, cuyas hojas de colores obedecen a la persona y le cumple los deseos, Faulkner nos hace llegar a una experiencia religiosa para comprender y aceptar lo maravilloso más allá de los milagros cotidianos.

Solo quiero despertar el deseo de leer la obra y sencillamente pongo punto final con la siguiente cita de la página 20:

«—Porque soy Maurice —respondió el pelirrojo—. Y, además, en los cumpleaños puede suceder cualquier cosa —añadió con gran seriedad».

 

Leibi NG

30/11/2024

sábado, 13 de julio de 2024

El lobo y el cordero en el sueño de la niña

El lobo y el cordero. Ilustración de una fábula de Jean de La Fontaine (1621-1695). Pintura de Jean Baptiste Oudry (1686-1755)


Había una vez un lobo.

Había una vez una niña que tenía miedo al lobo.

El lobo vivía en el sueño de la niña.

Cuando la niña decía que no quería ir a dormir porque tenía miedo al lobo, la madre respondía:

-Tonterías, hija, los sueños son sueños. Ese lobo no existe.

Ella estaba todavía intentando convencerse cuando, al espiar tras los árboles del sueño para ver si el lobo andaba ahí despierto, se topó con un corderito. Era blanco y enrulado, como todos los corderitos de sueño.

-Qué bueno que también estés viviendo aquí -dijo ella.

Y se hicieron amigos.

Pasado algún tiempo, sin embargo, cierto día en que el corderito pastaba margaritas, llevando a la niña en la otra punta de la cinta que ella le había puesto en el cuello, apareció el lobo.

-Los sueños son sueños -pensó la niña para tranquilizarse.

Y repitió las palabras de la madre:

-Ese lobo no existe.

Asustado, el corderito temblaba con la boca llena de flores.

-Si el lobo no existe -pensó la niña- el corderito tampoco.

Y a ella le gustaba tanto el corderito…

Entonces, tomó rápidamente al amigo por el cuello, afirmó los pies en el suelo. Y esperó al lobo.

En eso sonó el despertador y ella recordó que tenía que ir al colegio.

Estuvo todo el día preocupada por haber dejado al cordero solo con el lobo.

Por la noche, apenas terminó de cenar, le dio un beso a su madre y fue corriendo a dormir para socorrerlo.

Llegó al sueño despavorida. Y más despavorida quedó al ver al lobo encogido sobre una piedra, con el rabo entre las piernas y las orejas caídas, mientras el corderito erizado le gruñía entre los pequeños dientes amarillos.

La niña nunca había visto un cordero feroz.

El lobo tampoco.

Ni siquiera el cordero sabía de su odio. Gruñía y avanzaba hacia el lobo, hundiendo las pezuñas en la cubierta del sueño.

De susto, la niña despertó.

-Ahora -pensó en la seguridad de la cama-, voy a tener dos miedos de ir a dormir. Del lobo. Y del cordero.

Pero, por la noche, la madre no quiso escuchar historias. A las ocho, a la cama. La niña hizo todo para no pegar el sueño. Pensó incluso que sería bueno poder, por lo menos por una vez, ir a pasar la noche en el sueño de alguna amiga.

Pero, por más que se esforzó, tuvo, de repente, la impresión de ver un cordero saltar una cerca, después otro. Y al contar el tercer cordero, ¡cataplum! Fue ella la que saltó dentro del sueño.

Todo quieto, silencio.

El corderito no fue a recibirla. El lobo estaba escondido en algún repliegue de aquel manso dormir.

-¿Pero dónde quedarse? -pensó la niña-. Si camino sobre el pasto, el corderito es capaz de brincarme encima. Si voy hacia el bosque, el lobo me come.

Rápido trepó a un árbol. Eligió una rama, se sentó. No era muy confortable. La posición le dolía aquí y allí. Intentó otra, se recostó en el tronco. Pero era duro y le lastimaba la espalda. Y todavía encima, las hormigas, que ella no había visto, llegaban ahora a escalar sus piernas.

Gira y gira, mece y mece, la noche fue pasando, incómoda, dura, llena de asperezas. Y áspera fue quedando también la niña por dentro. Áspera e hinchada. Hinchada de rabia.

Hasta que, como si percibiese que allá afuera del sueño ya despuntaba el día, dio un salto hasta el suelo. Y, manitos en la cintura, gritó bien fuerte:

-¡Este sueño es mííííoooooooo!

Tan fuerte, que despertó.

Todavía faltaba tiempo para que sonara el despertador. Pero desde esa vez, la niña descubrió que iría a la escuela sin prisa, sin aflicción ninguna. Y por la noche, se acostaría a la hora que le pareciera, sin miedo. Sin tener que subirse a los árboles. Porque, al final, aquel sueño era suyo. Y, de ahora en adelante, ella era la que iba a mandar, y echar lobos y corderos de sus lugares. Y si era preciso, una que otra vez, daría unos buenos gruñidos y mostraría los dientes.

© Marina Colasanti