sábado, 17 de diciembre de 2011

Joel Franz Rosell (Cuba)

JOEL FRANZ ROSELL (Cruces, Cuba, 1954). Licenciado en Lengua y Literatura Hispánicas, ha trabajado como animador literario, como profesor y periodista. Tras dejar La Habana en 1989 ha residido Río de Janeiro, Copenhague, París y Buenos Aires. Actualmente reside nuevamente en la capital francesa.

Sus libros infantiles han sido publicados en Cuba, Brasil, España, Francia, Argentina, México, Portugal y otros países. Entre otros títulos ha publicado:

Cuentos:
Los cuentos del mago y el mago del cuento
El pájaro libro
Javi y los leones
Pájaros en la cabeza
Don Agapito el apenado
La bruja Pelandruja está malucha

Novelas Aventuras:
Rosa de los Vientos
Juan Perico de los Palotes
Vuela, Ertico, vuela
La tremenda bruja de La Habana Vieja
Mi tesoro te espera en Cuba
La leyenda de taita Osongo
Exploradores en el lago.

Como ilustrador ha publicado tres libros, pero solo uno de ellos en castellano: La canción del castillo de arena. Ha difundido más de 150 artículos y ensayos en publicaciones de tres continentes y el libro La literatura infantil: un oficio de centauros y sirenas.

Sus obra ha sido distinguida con varios premios internacionales y traducida al francés, al portugués, el gallego, el vasco, el coreano y el inglés.

Más sobre Joel Franz Rosell y su trabajo en: http://elpajarolibro.blogspot.com/



EL CUENTO DE MIS CUENTOS

Había una vez yo mismo, pero a los diez años. Me pasaba las clases de Matemáticas dibujando las aventuras de un personaje que había inventado deformando una "d" mayúscula (probablemente la de "Deberes"). Mi héroe se llamaba "Superpecho" y corría formidables aventuras mientras yo me aburría con los números quebrados, que era lo que en aquellos tiempos y en mi país lejano se estudiaba en quinto grado.

"Superpecho" era un tipo fuerte, afortunado y muy inteligente.

Sin dudas más afortunado e inteligente que yo, que absorto en la invención de sus hazañas acabé desaprobando los exámenes finales.

No pude perdonarle a "Superpecho" esta derrota (él no era otro que mi segunda, secreta y supuestamente todopoderosa identidad). Fue así como dejé de dibujar aventuras, aunque no de contarlas (como tampoco dejé de desaprobar exámenes de Matemáticas, dicho sea entre nosotros).

A los once años era yo un inspirado narrador oral. Todo mi público era mi hermana menor, y mis personajes cuatro muñecos que ella tenía: un conejo, un osito, un elefante y otro animal que no recuerdo, todos vestidos de satén, como mandarines (eran Made in China), y con las cabezas de tela felpuda rellenas de serrín. El protagonista de mis relatos era el elefante, que había perdido las orejas (creo que las lavé y, una vez en la tendedera, alguien debe haberlas confundido con borlas para el talco). Lo bautizamos con el nombre idiota de Campito Boticas porque usurpaba las botas de otro muñeco, mucho mejor vestido, que nos gustaba menos (o acaso lo calzamos así en compensación por la pérdida de sus orejas).

Por entonces ocurrió el acontecimiento más importante de mi vida (de mi vida literaria al menos): el descubrimiento de los libros.

Debo aclarar que en aquella época Cuba era un país con pocas librerías y bibliotecas, un país casi sin libros para niños. En mi ciudad, aunque era la tercera o cuarta del país, había una sola biblioteca juvenil. En ella descubrí algo muy distinto de los pocos libros rusos, chinos y cubanos, más bien feos y poco interesantes, que yo había tenido hasta entonces...

Me deslumbraron aquellos libros -casi todos impresos en España- con cubiertas plastificadas y policromas, con abundantes ilustraciones y, sobre todo, repletos de aventuras, sueños y viajes: eran los álbumes de Tintín el trotamundos, las noveletas de niños detectives de Enid Blyton, las formidables aventuras de Julio Verne, cuentos de hadas de Europa y Asia, y novelas contemporáneas -suecas, inglesas, alemanas- que ponían el universo entre mis dedos.

Pero año y medio después me trasladaron a un colegio demasiado distante de la biblioteca para poder ir siempre que me hacía falta.

No pude resistir mi soledad y me escribí yo mismo un libro. Y luego otro y otro... hasta producir, en cinco años, más de cincuenta novelas de aventuras.

A veces mi hermana me decía "No tengo nada que leer, escríbeme un libro". Yo lo escribía en dos días y ella lo despachaba en dos horas. Su veredicto era siempre el mismo: "Estaba muy bueno; escríbeme otro". Y yo obedecía encantado.

Escribí más de lo que leí y mucho más que lo que había vivido. El resultado no podía ser bueno... y no lo fue.

Unos diez años después de aquellas "novelas de juventud", publiqué mi primer libro: El secreto del colmillo colgante. Era de nuevo una novela, detectivesca, y la protagonizaban personajes que había creado, en lo esencial, a los 13 años. Estos personajes me acompañaron a transitar el período de ilusiones, lecciones y fracasos pasado en los talleres literarios hasta que, en 1979, al fin obtuve un premio nacional por un cuento que me alejaba de las insustanciales narraciones que había cultivado hasta entonces. El cuento premiado, junto a otros cinco, se convirtió en mi segundo libro: De los primeros lejanos tiempos la lechuza me contó.

Siendo todavía un manuscrito, esos cuentos se los presenté a José Soler Puig. Con su paradigmática franqueza, el notable novelista cubano me dijo: "Mira, esos cuentos están bien escritos, pero... ¿dónde estás tú en ellos?"

Soler tenía razón: yo, como otros muchos escritores para niños, desarrollaba una escritura sin ninguna subjetividad y sin verdadera originalidad; una especie de literatura al servicio del niño que acaba siendo -aun cuando no lo parece- didáctica y opresiva. Precisamente en los días en que aparecieron las fábulas ecológico-éticas de los primeros lejanos tiempos la lechuza me contó, comenzaba yo a responder (me) aquella incisiva pregunta de Soler Puig... que todavía me parece estar escuchando en su voz profunda y viendo en sus ojos penetrantes.

En 1986 realicé mi primer viaje al extranjero me llevó a Ecuador, cuyo universo andino y su sociedad desgarrada me sacudieron fuertemente. Al regreso escribí un cuento en que por primera vez dejaba de hacer "literatura para niños" para hacer literatura infantil; es decir, en lugar de utilizar al niño como destinatario para limitar la extensión e intención de un discurso, basarse en la peculiar manera de mirar, entender y expresar el mundo que son propias del niño para construir un universo expresivo y cognoscitivo estéticamente original.

En 1989 me casé con una ciudadana francesa y nos fuimos a Brasil, donde ella trabajaba. Mi tercer libro se publicó inicialmente en portugués, en 1991, pero solo tuvo su edición definitiva, en castellano, en 1995: Los cuentos del mago y el mago del cuento. Con éste y con mis libros siguientes me fui comprometiendo con una escritura donde se mezclan lo real y lo mágico, donde se funden el discurso infantil y adulto, y donde la prosa narrativa aprovecha recursos poéticos, juegos de palabras, metalenguaje, intertextualidades, humor e ironía.

Después de Brasil, el trabajo de mi esposa nos llevó a Dinamarca, Francia y, en abril de 2000, a la Argentina. Todos estos países han dejado huellas en mi escritura, aunque nunca haya escrito un texto que los mencione explícitamente. Mis escenarios no localizados me permiten abordar temas universales y/o de modo universal, como en Vuela, Ertico, vuela, mientras que los ambientados en Cuba son libros que, sin dirigirse necesariamente al lector de la isla, arrojan luz sobre esa pequeña porción del universo. Quizá la mejor prueba de que libros como Mi tesoro te espera en Cuba y La tremenda bruja de La Habana Vieja pueden interesar a lectores de cualquier nacionalidad es que ambos fueron publicados en Francia antes de conocer su edición en castellano.

Probablemente mi experiencia argentina sea diferente. Los dos primeros libros que he publicado en este país son de un tipo nuevo para mí: La Nube es un álbum ilustrado destinado a chicos muy pequeños que leerán tanto mis palabras como las imágenes de Juan Deleau. Por su parte, La literatura infantil: un oficio de centauros y sirenas, reúne catorce de los más de cien ensayos y artículos sobre literatura infantil que he publicado desde 1974 en diversos países. La comunidad de lengua y ciertos rasgos de historia y cultura compartidos, me hacen más cercana la Argentina que cualquier otro país a donde haya viajado. Por eso no me extrañaría que materialice algún proyecto alimentado directamente por la realidad argentina y expresando formas de propias a la argentinidad.